lunes, 19 de marzo de 2012

Solo para mi egoteca

Me ha pasado con pocos días de separación. En el primer caso, charlando de sobremesa con un colega y, a pesar de ello, amigo, extranjero para más señas, saca él a colación el caso de Kucinich cuya reelección, en los Estados Unidos, habría quedado en dificultades. Le digo que sí, que es un caso de gerrymandering. Mi amigo no puede reprimir una cara de asombro primero y, después, un comentario laudatorio sobre mi nivel de información.
El segundo caso ha sido hoy. Me llama otro amigo para otro asunto y, ya puestos, me comenta que ha encontrado en un periódico que supone que yo no leo un reportaje a partir de las ideas de Richard Wilkinson. Le digo que sé de quién se trata, que no he leído el periódico pero si sus trabajos y que lo he citado. Se asombra él también y me dice que dicho autor va a estar en un Foro en Madrid esta semana. Cuando le digo que yo también y que coordino una mesa redonda, le noto estupefacto.
¿Un intelectualillo de provincias tan puesto al día desde su pueblo periférico? Respondo ahora: internet; sí. Precisamente lo que, siguiendo comentarios del anterior amigo, me permite seguir periódicos de muchos sitios y leer informes de organismos internacionales en el día de su publicación en la red.
No me asombro de lo que sé ni de la información que manejo, aunque sé que ha aumentado con el tiempo. En la mayoría de los casos se trata de conocimientos propios del trivial pursuit, con cierta lógica periodística que no profundiza ni controla todos sus detalles, nada que sirva para mucho, y menos en términos de poder (que no me interesa) ni dinero (que de momento tengo para ir tirando).
Me sigo asombrando, de todos modos, de dos cosas: de lo que no sé y de lo que me atreví en los jóvenes tiempos. 
Lo primero me hace recordar la metáfora que creo que es de Pascal sobre el aumento de conocimientos. Funciona como un globo que se va hinchando (cada vez hay más cosas dentro), pero que cada vez tiene más superficie que lo separa de lo que hay fuera, de lo que no se sabe. No me preocupa cuando en una charla o clase alguien me pregunta algo que no sé: en términos probabilísticos, es más fácil que una pregunta, hecha al azar, caiga en lo que no sé que en lo que sé. Otra cosa es que el que la hace tenga ya una idea de lo que no sé y no pregunte en esa dirección y, si lo hace, igual es por ganas de hacerme quedar mal... inútilmente: no me siento mal reconociendo lo que no sé.
Lo segundo se refiere a lo que me atrevía de joven. Recuerdo con horror el título de la primera conferencia que di en mi vida, recién licenciado y recogiendo datos para mi tesis. Se trataba de la Escuela Normal de Cochabamba, Bolivia, y el título me lo puso uno de sus profesores: "Sociología de la historia en visión filosófica". Ahí es na'. Lo fantástico es que acepté y que hablé el tiempo propuesto. Ahora ni se me ocurriría aceptar tal tema del que reconozco que no tengo idea como para hablar cinco minutos. Ahora es frecuente que use el dicho (que, por cierto, también aprendí en Cochabamba, de boca de Joaquín Herrero, un lingüista y jesuita): "Si no tiene nada que decir, no venga a decirlo aquí". Siempre fui osado a la hora de aceptar temas sobre los que no tenía información suficiente. Algo me queda, no lo niego. (y este blog es un buen ejemplo) Pero esto ya no es lo que era: ahora me tiento más la ropa. Extraño prurito.

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