viernes, 9 de junio de 2017

Nacionalismo y magalomanía

He recibido en mi correo un texto de Koenigsberg en la Library of Social Sciences. Desgraciadamente no consigo encontrar el enlace. Me contento con reproducir el título y hacer algunos comentarios a algunas de sus frases
What I'm Doing (Part II): Interrogating the Fantasy of the Body Politic

Richard Koenigsberg
Nationalism is a culturally acceptable form of megalomania. Es sugerente esa relación del nacionalismo con la megalomanía. Solo hay que leer los himnos nacionales para ver hasta qué punto se produce tal identificación (ver, en la columna de la derecha de este blog, mi viejo libro sobre los nacionalismos). Por supuesto, "mi" nación. Y ese "mi" es el que define la actitud.

Nations are conceived as immortal bodies: entities that “live on.” Las naciones son inmortales. Se puede discutir su nacimiento, pero su muerte es imposible. De alguna forma, el nacionalista se sabe inmortal en la medida en que se identifica con ese cuerpo eterno.

Historians document the lives of these immortal entities. Each body politic possesses a biography. Wallerstein (en su  Abrir las ciencias sociales) ya levantaba acta del papel que la historia tiene en la legitimación de los nacionalismos. Lo que se dice ahora es que cada "cuerpo político" nacional tiene su biografía. Esa biografía se enseña en las escuelas, de modo que el sistema educativo se convierte en un transmisor del nacionalismo (por eso hay peleas por saber qué historia -qué biografía- hay que enseñar)

“History” seeks to preserve these entities. We pretend that what happened long ago has not stopped happening. Historical writing documents the immortality of these entities—they “live on.”, Más de lo mismo: la "historia" sirve para preservar tales entidades: existieron, existen y seguirán existiendo.

Political violence makes sense only if we conceive of nations as real entities. The individual dies so that the nation may live. Small bodies are sacrificed in the name of these larger bodies. Si la megalomanía no tuviera más consecuencias que la satisfacción de quien se identifica con "su" nación, no pasaría nada. El problema es que si se conciben las naciones como entidades reales (no como algo construido), la violencia política adquiere un sentido particular: el individuo se inmola para que "su" nación viva. Los cuerpos pequeños se sacrifican en nombre de esos cuerpos mayores.

No se olvide: si los actores sociales definen una situación como real, ésta será real en sus consecuencias aunque en su origen no fuera real. Lo malo es que es inútil gritar que "el rey está desnudo" o, por ponerlo en más pedante, que "lo que se ve en la caverna son las sombras de una realidad que está fuera".

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